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La Casa, agradecida por sentirse querida y escuchada, fue respondiendo generosamente, de forma sorprendente y casi milagrosa. Las voces que gritaban en el desierto, se quedaron mudas. Las palmaditas en la espalda se convirtieron en dagas voladoras, eso sí, sin puntería. Los técnicos vaciadores de espacios históricos, dejaron sus competencias. Las telarañas se transformaron en yeserías policromadas. Los gatos, se quedaron estáticos en forma de leones rampantes en el artesonado. Las humedades se transformaron en manchas de Antonio Saura en las paredes. Los agujeros negros de la cubierta, se han convertido en un clásico de “las estrellas” dentro de los Cursos de Verano”, que cada año, y ya van cinco, preparan “los Javieres”. La soledad y el miedo ya no tienen sitio, por las visitas de grupos de turistas que llegan contentos a descubrir una joya de la ciudad. La Casa, durante tantos años dormida, ya no está en silencio, se llena de voces juveniles, que asisten a los cursos de verano y a eventos culturales a lo largo del año, no muchos, pero los suficientes para no volver al letargo. 

A través de la Fundación Ciudad de Sigüenza, apostamos por un proyecto de futuro para Sigüenza y los seguntinos, con muchas dificultades, muchas alegrías, y muchas historias, que están todas a bien recaudo archivadas y a disposición de quién lo pida. Por mucho que se empeñen, en presentar la recuperación de la Casa del Doncel, como su escultura, de autor anónimo, con vista a no sé que tipo de objetivos, la obra está firmada y la firma registrada.
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