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Página 2 de 4 Cuando abrimos la puerta y pasamos con dificultades por debajo de la plataforma, los gatos salieron corriendo por todos los rincones, desde el sótano, al bajo-cubierta. Gatos viejos y enfermos, gatitos de la última camada. La casa olía a gato. A pis de gato y a gato muerto. Era un olor insoportable, únicamente llevadero, por la esperanza de que mantenían la casa limpia. Limpia de ratas. Las alcantarillas abiertas. La humedad criando hongos verdes en las paredes. Las telarañas, cubrían todos los rincones. Telarañas, espesas y tupidas del polvo de los años, como si fueran encajes de algodón. La carcoma comía la madera. Los palomas y otros pájaros anidaban debajo de la cubierta, y sus excrementos, ponían el único punto blanco de la casa. Todo era negro, humo espeso paredes y polvo secular en los rincones. El frío de la casa, en esa tarde calurosa de agosto, estaba más próximo al miedo, que a la temperatura real. ¡Era una casa para salir corriendo! Y sin embargo, ese día tomamos la llave, para ir pensando cómo buscar una solución. D. Gerardo, se quedó tan contento. 

Las visitas continuaron durante el resto del verano, el otoño y el invierno, cuando la casa era todavía más obscura y más fría. Todos los que visitaban la casa, y que animábamos a buscar un proyecto, en común, de recuperación, venían movidos por la curiosidad, y esta curiosidad de entrada, se transformaba en “salir corriendo” y no volver hablar del tema, palmaditas en la espalda y “ánimo seguir adelante”. Yo entendía perfectamente esta postura, pues también era la mía. 

Esta era la situación, nadie, quiso iniciar el más mínimo movimiento para buscar una solución, a este “edificio emblemático”, que era más importante en su imagen de las postales y folletos turísticos, que en su realidad inmediata. Como D. Gerardo, en su proyecto inicial para recuperar la iglesia de San Vicente, para esta casa, también surgió una persona, que no salió corriendo y que luchó en solitario, sin desánimo, para buscar esa solución. A partir de este otoño y durante un año largo, en mis sueños la casa se presentaba y se repetía, como una pesadilla. También, como mujer de fe, rogué que apareciera alguien que nos ayudara a llevar la carga. ¡Y claro que apareció, y con la mejor solución!. Manuel Gala Muñoz, Rector de la Universidad de Alcalá, hacedor de sueños y transformador de ciudades y hoy, lo que es más importante, nuestro amigo. Consiguió hacer realidad el nuestro, y a mi personalmente me devolvió “el sueño”. Volví a dormir tranquila. Durante cuatro años, hasta la inauguración en octubre de 2002, trabajamos, (por amor al arte, difícil de entender en estos momentos, según está el mercado), y el proyecto de la Casa se extendió como una mancha de aceite, de buen hacer, casi dos manzanas de la Sigüenza medieval, se volvieron universitarias. 


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